Putin… ¿en Cataluña?

Miguel Vázquez Liñán, Observatorio Eurasia ::: Vladímir Putin se lo debe estar pasando en grande. Sus adversarios políticos, especialmente fuera de Rusia, están bailando al son que a él le interesa. El presidente ruso promete, a sus seguidores en el interior del país, que convertirá a la Federación Rusa en la potencia que una vez fue; respetada por algunos, temida por todos. Mientras tanto, muchos medios extranjeros, obsesionados con la “injerencia de Moscú”, le facilitan el trabajo al presidente ruso, que ocupa las portadas de medio mundo en el papel de “el gran desestabilizador”. Los medios hegemónicos en Rusia, controlados desde el Kremlin, se hacen eco de esas portadas confirmando, así, que Rusia vuelve a ser temida y “respetada” como gran potencia: “Make Russia great again”. Antes que Trump, Putin ya había prometido, una y otra vez, más imperio a sus votantes.

No resulta fácil demostrar que Moscú goce de una capacidad tan grande de “desestabilizarlo todo”, como parecen apuntar medios de diferentes países. Es cierto que lo intenta, y los presupuestos de propaganda hacia el exterior vienen aumentado sostenida y exponencialmente en los últimos años. No es esto privativo de Moscú, pero resulta evidente que el gobierno de Putin se ha tomado en serio fortalecer su posición en la guerra de información internacional.

Así, si buscamos provocaciones, informaciones sesgadas, medias o completas mentiras que hayan salido de cuentas en redes sociales pagadas (de forma indirecta, claro) por las autoridades rusas, las encontraremos. Otra cosa muy diferente sería afirmar que esas informaciones han tenido un papel relevante en, por ejemplo, la “crisis catalana”. No me atrevería yo a dar un paso como ese tan a la ligera. Cuando un hecho relativamente menor (la “injerencia rusa” en Cataluña) se destaca una y otra vez en los medios españoles, quizás ya no nos enfrentemos a la propaganda rusa, sino a otra, no menos conocida por nosotros, que se cuece al sur de los Pirineos. Y ésta ya no atiende a la amenaza de Moscú, sino a la poco edificante lucha partidista que marca la agenda política nacional y que goza de mucha más influencia sobre los titulares publicados en Madrid o Barcelona de la que pudiese soñar el Kremlin.

Pero para Putin, miel sobre hojuelas. Quienes lo atacan achacándole maldades que él no podría cometer aunque quisiera están reforzando algo que, desde luego, ya estaba fuera de duda sin necesidad de la “ayuda exterior”: su reelección en 2018. Con ella perdemos todos, especialmente los ciudadanos rusos, que volverán a sufrir a un líder autoritario y reaccionario, representante de la derecha más rancia de la que es capaz Europa, que en eso es capaz de mucho.

Habrá quien, quizás, se pregunte si es mejor, entonces, quedarse de brazos cruzados ante los movimientos propagandísticos del Kremlin dirigidos a Europa. Probablemente la mejor defensa fuese tener entre manos un discurso ilusionante con el que responder. Si el gobierno en Madrid, por ejemplo, decidiese trabajar para construir un país en el que mereciese la pena vivir, en vez de empeñar todo su esfuerzo en el objetivo único de mantenerse en el poder, es más que probable que los malintencionados mensajes de Moscú no encontraran ningún eco. Pero esa posibilidad, me temo, nunca ha estado encima de la mesa.

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